En agosto el sol se impone con una rotundidad implacable. Estamos habituados a caminar por las calles veraniegas con los ojos entrecerrados, dando por sentada la claridad como quien da por sentado el aire. Sin embargo, hoy la mecánica celeste interrumpe nuestra inercia. La luna se desliza con precisión milimétrica ante el disco solar y, durante unos minutos la luz se transforma en misterio.

Hay algo pedagógico en el gesto de detener el paso y colocarse las gafas de protección. Acostumbrados a evaluar la vida en métricas y resultados, el firmamento nos impone un ayuno. No se trata solo de un fenómeno físico para analizar en las aulas, es una profunda disciplina de la mirada. 

En las escuelas ignacianas insistimos en enseñar a buscar a Dios en todas las cosas, pero a menudo olvidamos buscarlo en la sombra. Educamos para que los jóvenes brillen con luz propia. Sin embargo, el eclipse nos regala una lección de humildad, la plenitud también habita en la pausa, en la capacidad de esperar y en el reconocimiento de nuestras propias limitaciones. Se trata de enseñar a sobrecogerse ante la belleza del cosmos, para que sepan reconocer esa misma belleza en la cara del compañero vulnerado, en la lentitud del que camina con bastón o en el silencio del cansancio.

Cuando la penumbra ceda y la claridad vuelva a inundar las calles, el mundo parecerá el mismo, pero en la retina de quien haya podido detenerse queda grabado un aprendizaje silencioso. Educamos a nuestros alumnos para que aprendan a mirar las estrellas, pero sobre todo para que la luz que descubran de lo alto termine convertida abajo en manos capaces de servir.

PastoralSJ
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