Son dos modos de comprender la realidad, que darían para charlas y cientos de libros. La visión platónica y agustiniana de la realidad, donde las ideas nos guían por un dualismo de arriba a abajo. Y la visión aristotélica y tomista de la realidad, donde prima la realidad en carne viva. Un antiguo profesor lo veía como la lucha entre el gótico y el románico, de arriba hacia abajo o de abajo hacia arriba.
Me atrevería a decir que hoy en día gana la primera visión. Donde la idea parece imponerse a la naturaleza, moldeándola a su antojo. La cultura prima sobre la naturaleza y las ideologías campan a sus anchas sin que el pensamiento profundo sea capaz de pararles los pies. Y eso, por supuesto, tiene connotaciones en nuestra vida, porque nos lleva a sufrir por lo que debería ser y no por lo que es, o nos evadimos hacia mundos paralelos. Es la idea la que acaba encorsetando la realidad, y generando, por tanto, mucho dolor y frustración.
Sin embargo, el papa Francisco, ignaciano en su ADN -con sus trazos escolásticos-, nos lleva en Evangelii Gaudium a reconocer que la realidad está por encima de la idea, porque al final es la que tiene la última palabra. No significa que haya que ser inmovilista, más bien reconocer que hemos de partir de lo que hay hacia lo que podría ser, y no de lo que debería ser hacia lo que hay.
Esto vale para todo en la vida, decirlo es fácil, vivirlo ya es un reto para toda la vida.
