A medida que pasan los años, y uno ya va cumpliendo, me reafirmo en la idea que la verdadera riqueza de la vida se encuentra en las cosas sencillas: una sonrisa compartida, el silencio que permite escuchar la propia interioridad, el murmullo del agua, la suave brisa entre los árboles, un cielo infinito, o el canto de los pájaros al atardecer. Son momentos que nos conectan con la belleza de la creación y nos recuerdan que la vida es, en esencia, un regalo.
Sin embargo, esta experiencia de armonía contrasta con las imágenes que cada día llegan a nuestros hogares: guerras, violencia, injusticias, personas desplazadas, niños que sufren y comunidades enteras marcadas por el dolor. Ante esta realidad surge una pregunta inevitable: si el mundo es tan hermoso, ¿por qué el ser humano causa tanto sufrimiento a sus semejantes?
Quizá la paz definitiva en el mundo parezca una meta lejana. Pero cada vez que elegimos el amor frente al odio, el diálogo frente al enfrentamiento y la esperanza frente al desaliento, estamos sembrando el Reino de Dios entre nosotros. Y toda semilla de paz, por pequeña que sea, tiene la fuerza de transformar el mundo……
El verano, sereno y luminoso, nos invita a detenernos y a disfrutar con los demás de las pequeñas cosas que hacen grande y hermoso este mundo. Aquí y en cualquier lugar de la tierra, hombres y mujeres contemplan el mismo cielo, las mismas estrellas, bajo una misma noche de verano. Tal vez, en ese silencio compartido, Dios nos recuerde que hemos sido creados para la fraternidad y no para la discordia; para cuidar la vida y no para destruirla. Y que la paz, como las estrellas, sigue brillando sobre nosotros, esperando ser descubierta, compartida y acogida en cada corazón.
