Colombia tembló. Y desde Bogotá me ha golpeado este suceso y me encuentro sobrecogido especialmente por las imágenes: tantos brazos levantados entre los escombros, buscando un rastro de vida.
Pienso en quienes están ahí debajo. En sus familias. En quienes esperan una noticia. En quienes salieron de casa como cualquier otro día, con sus planes, sus preocupaciones, sus prisas… y de repente todo cambió. Cuántas conversaciones se han quedado sin acabar. Cuántos abrazos pendientes. Cuántos “luego hablamos”. Cuántos sueños que se quedaron a las puertas.
Quizá lo que más impresiona de un terremoto es eso: en unos segundos eternos se tambalean nuestras seguridades. La casa, la rutina, los planes, esa sensación de que mañana será como hoy. Y descubrimos, de golpe, que la vida es mucho más frágil de lo que queremos reconocer.
Pero también me conmueve Colombia. Ver a tantos unidos, buscando, ayudando, cargando, abrazando. Una vida entre los escombros se convierte en lo más importante. Porque lo es.
San Ignacio nos invita a buscar a Dios también cuando parece esconderse. Y quizá ayer estaba ahí: en cada brazo levantado, en cada persona que no se rindió, en cada gesto de cuidado, en cada oración al cielo.
Dios ama la vida. Ama a este pueblo. Ama a cada uno de los que hoy sufren.
Que no necesitemos que todo tiemble para agradecer el regalo de estar vivos, para volver a casa, para abrazar, para pedir perdón, para decir “te quiero”.
Y que aprendamos a vivir sabiendo que, aunque nuestras seguridades tiemblen, nunca estamos solos.
