La bandeja se desparramó por el suelo. Un desastre: el café, las tostadas, el zumo... todo. El abrigo se le había enganchado en una silla y el desayuno acabó esparcido por la cafetería.
Durante unos segundos se quedó quieto, contemplando el estropicio. La camarera salió con una bayeta y él empezó a disculparse. Fue una de esas veces en las que uno pide perdón por el café, por la taza rota y casi por haber nacido.
Entonces, ella le dijo:
- Tranquilo. Te pongo otro.
Tiempo después, me acordé de aquella frase en varias ocasiones.
Hay temporadas en las que uno siente que ha tirado la bandeja entera. Proyectos que no terminan de salir como soñábamos, conversaciones que tenían que haber sido de otra forma, meses viviendo con el piloto automático o situaciones en las que, claramente, la hemos cagado. Llega un momento en que contemplamos el suelo pensando cuánto costaría volver atrás. ¿Y si hubiera...?
Volver atrás suele ser imposible. Volver a empezar, en cambio, ocurre constantemente.
El problema creo que es que nos encanta explicar por qué acabamos así. Podemos dedicar horas a reconstruir la caída: lo que hicieron otros, lo que nos faltó, las circunstancias, el cansancio, aquella decisión... Y muchas veces tenemos razón. Pero llega un punto en el que entender perfectamente cómo cayó la bandeja sirve de bastante poco.
Hay que agacharse, recoger los trozos y pedir otro café. Mirar lo ocurrido con honestidad, reconocer nuestra parte, aprender y dejar que también aparezca cierta compasión. Sin convertir cada error en nuestra identidad, ni cada fracaso en una condena.
Algunas cosas quedarán rotas. Otras exigirán tiempo. Habrá conversaciones incómodas que afrontar y consecuencias que asumir. Y, aun así, siempre queda el mañana.
La vida, Dios, nos concede muchas más segundas oportunidades de las que creemos, y casi nunca llegan envueltas en grandes momentos épicos. A veces, simplemente son un:
- Tranquilo. Te pongo otro.
