Como ya es costumbre, la vuelta a clase viene acompañada del informe PISA, siempre tan incómodo para las autoridades educativas de España. Sin embargo, el descalabro de este año ha sido especialmente notable porque hemos obtenido los peores resultados desde hacía años. España perpetúa sus deficiencias educativas, pero, ¿nadie se pregunta por qué una generación para  la que todo el saber de una civilización está disponible tiene una educación cada vez peor? 

Muchas voces claman la falta de atención, derivada del scrolleo infinito, como la causante. Otras acusan la parálisis patológica del ejecutivo, con unos presupuestos estancados en 2023 que impiden abordar eficientemente las nuevas necesidades de los colegios o la inflación galopante. 

Mas para mí lo más urgente de este informe es que la lectura ha sido la más perjudicada de las tres principales categorías evaluadas. Lejos de querer hacer un alegato de lo enriquecedor que es leer, la cifra expone nuestra intolerancia patológica hacia lo nos que exige paciencia y atención. 

La irrupción de la IA en nuestras vidas ha exacerbado nuestro gusto por lo inmediato, hasta tal punto que está afectando a nuestro aprendizaje autónomo, como revela este artículo de J.Castiñeira y J.Eguíluz. Aunque la IA puede ahorrarnos mucho tiempo, la necesidad de sentir y gustar internamente las cosas, como nos enseña san Ignacio, es insustituible también en la educación. 

Desgraciadamente, de este padecimiento la primera víctima parece ser la lectura: porque todos podrían  conocer la historia de cualquier libro, pero cada vez menos se comprometen a vivirla. El colegio tendría que ser donde los niños desarrollasen la paciencia y descubriesen el deleite de la literatura, pero todos participamos de la cultura de la inmediatez. Así, en este desierto donde la información se cuenta a peso, pregonar la lectura se vuelve indispensable. 

PastoralSJ
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