El hermano Gárate pasó décadas abriendo la puerta de la Universidad de Deusto. Se dice que no solo abría el portón pesado de madera, sino que desarmaba los corazones de la gente con una mirada limpia que no juzgaba, solo acogía. Hace unos días, conversando con un compañero entre pasillos, me contaba sus inicios en la Compañía que se parecía al de nuestro beato portero. Comenzó cuidando la portería en un edificio de una de nuestras comunidades, compartiendo trajín apostólico con jesuitas y laicos. Me contaba, con una sonrisa cómplice, cómo el portal de la entrada era espejado y se convertía, a lo largo de las horas, en un observatorio de la condición humana.
Desde el interior, mi amigo asistía al teatro de la sociedad cotidiana. Desde el gesto vanidoso de quien se coloca el flequillo, pasando por quien ensaya una mueca antes de entrar en la oficina o el alivio de quien se cree solo y sonríe a la nada. Entre nuestras risas se vislumbra lo que el Señor intenta hacer cada día con nosotros. Nuestro primer mundo se ha poblado de espejos invisibles y descubrimos que tenemos una imagen que defender ante los demás.
Creo que, en muchas ocasiones, nos quedamos en la superficie del reflejo plano, sin lanzarnos a contestar “¿Cómo quedo yo en esta situación? o ¿Qué se espera que responda en esta otra?”.
Terminamos la conversación con la sensación de haber tocado algo sagrado. Nuestra misión no es construir portales suntuosos o fachadas relucientes, más bien, es ser como el hermano Gárate, guardianes discretos de un umbral donde ayudar a otros a despojarse de la prisa y del personaje. Ayudar a descubrir que la vida con sentido empieza cuando dejamos de mirar nuestro propio reflejo.
