“No te vayas a lo hondo”, “no subas tanto”, “no vayas lejos”, “no hables con ese tipo de personas”. Pareciera que, desde los primeros años de nuestra vida, con razón en más de una ocasión, la invitación pasa por no llegar al límite. No atreverse a ver todo e incluso no darlo todo.  

De la misma manera que un día se nos alertó e invitó a mirar con recelo lo profundo de una piscina, la cima de una montaña, el camino cuya llegada no se muestra a simple vista, el encuentro con ciertos tipos de personas. También en algún momento de nuestra historia nos topamos con aquel que habló mar adentro, en el borde de una montaña, que habló con gente cuya ideología era distinta y otros tantos rechazados por la sociedad, descubriendo así cómo la vida está llena de contrastes, de sentires y pareceres que nos conducen a ir un poco más y jugarnos el todo de nuestra vida.

Este modo de proceder permite darnos cuenta de aquello que dijo en su momento Adolfo Nicolás, SJ: “Hay una brecha abismal entre el todo y el casi todo”. Quedando en ese ínterin el cuestionamiento sobre dónde y de qué manera invertir nuestra vida. Sin duda, amar es exponerse. Lágrimas, sonrisas, miedos, el qué dirán, fidelidad a lo que somos y llevamos dentro es el precio a pagar por ese todo tan esquivo, tan poco publicitado e incluso incomprendido. No obstante, es aquel que nos habla de sentido, de una verdadera libertad que no pasa por hacer lo que se quiera, sino de querer lo que se hace, experimentando el regalo de un Dios cuyo poder radica en posibilitarnos tiempos y espacios para no solo hacer realidad nuestros sueños, sino descubrirnos en lo inimaginado para que el amor siga haciendo historia.

PastoralSJ
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