En una homilía, el jesuita José Luis Olea dijo algo así como “la oración da color a la vida” o “la oración vuelve a dar color a la vida”.
¡Y qué cierta me parece esa idea!
En la oración conversamos con Dios y descansamos en Él, gracias a ese don que recibimos del Padre. Un don que nos permite acercarnos a Él, hablarle y permanecer en su presencia. Esto nos da La Paz de Dios que brota en nuestro interior. Una paz que supera cualquier paz humana y que nos permite contemplar con una mirada nueva y más colorida la vida que hemos recibido.
Es el Espíritu Santo quien sale a nuestro encuentro. Él nos ilumina y nos sostiene para afrontar las dificultades con esperanza. Una esperanza que, como recuerda san Pablo, no defrauda. Y es precisamente esa esperanza la que vuelve a llenar de color nuestra vida.
Pero ¿qué significa ese “color”? El color es la metáfora con la que, creo, intentó referirse a la esperanza, a la paz y a la felicidad que brotan de la fe y del encuentro con Dios.
En definitiva, la oración es el encuentro confiado con Dios. Un encuentro que nos ayuda a recuperar la paz, la esperanza y la felicidad que, en ocasiones, un simple problema humano parecía habernos arrebatado. Porque cuando dejamos que Dios entre en nuestra vida, conversamos con Él y descansamos en Él, la vida recupera el color que parecía haber sido borrado.
¿Cuánto color quieres darle a tu vida?
