La corrupción de la política copa los titulares un día tras otro. Algo que es connatural al poder y que, si ocurriera en otras latitudes, despertaría en nosotros comentarios bastante despectivos.

Sin embargo, un elemento común se da en este caso: eludir la responsabilidad. Como si lo cometido por unos pocos nada tuviera que ver con sus jefes directos. Algo que cambia cuando hablamos de éxitos, donde todos se ponen la medalla.

Como decía León XIV en su última encíclica, la introducción de la IA o de estructuras más complejas no puede hacer que el ser humano eluda su responsabilidad. No es solo que uno lo haya hecho, es que el dejar que un súbdito lo haga ya te implica aunque no quieras, porque tu misión pasa por supervisar o encargarte de que se haga bien, con limpieza, justicia y honradez.

Curiosamente, la pésima referencia moral de muchos políticos contrasta con la calidad de los entrenadores, ahora que estamos en época de Mundial. Cuando un equipo pierde, aunque sea culpa de un jugador particular, el buen entrenador siempre carga con las culpas, responde con su cargo ante el mal.

Esto es la responsabilidad: la habilidad para responder a las circunstancias con tu cargo. Pensar en conjunto, con lo bueno, con lo malo, con lo que está por mejorar.

PastoralSJ
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