En unas semanas, cualquier profesor intentará encajonar la vida de un joven en un frío porcentaje, pasando horas picando datos. Las pantallas se llenarán de números y las familias recibirán el tan ansiado —o indeseado— boletín. Habrá alegrías, algún que otro sofoco y la sensación de que todo un año de mochilas resume en un número del uno al diez.

Y yo me pregunto cuántos logros invisibles se quedarán fuera, cuántos que no voy a registrar. Los que pasamos el día entre apuntes y pizarras sabemos bien que las evaluaciones más importantes no saldrán en ningún documento oficial. Pienso en esos alumnos que llegaron en septiembre arrastrando los pies, con mochilas invisibles demasiado pesadas para su edad, y que hoy muestran un fruto que no puedo medir.

El verdadero cambio no cuenta para la nota de Matemáticas. Se juega en aprender a pedir perdón, en descubrir la vulnerabilidad del prójimo sin caer en el paternalismo. “No lo entiendo, ¿me ayudas?”; qué valentía de frase en la boca de un adolescente. O el abrazo silencioso que ves en un tiempo de recreo y que consigue saberse valorado y querido.

No nos volvamos sordos al clamor de esta sociedad, que está ansiada de una nueva humanidad. No caigamos en la trampa del sistema que nos empuja a medir éxitos y fracasos por el resultado final, olvidando que nuestra misión es acompañar vidas en crecimiento.

Cuando dentro de unos días mires el boletín de tus alumnos —o el de tus hijos—, recuerda que lo esencial no aparece ahí. Detrás de esa parrilla de números hay batallas ganadas en el silencio del aula, miedos superados y pequeñas dosis de Gracia que han ido modelando el corazón de esos chavales.

Ojalá nuestra mirada sea siempre lo suficientemente limpia como para celebrar los logros invisibles. Porque la alegría, la seguridad y el crecimiento de un niño jamás cabrán en un boletín.

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