Al ritmo de lo actual, lo que acontece se va quedando atrás como un recuerdo más. Pero hay sucesos que marcan para siempre, como la reciente visita del Papa a España y su bendición de la Torre de Jesucristo de la Sagrada Familia en Barcelona: la Iglesia más alta del mundo aún en construcción. Mientras muchos fijamos ahora los ojos en el mundial (me incluyo), ojalá no dejemos de “Alzar la mirada” (lema de la visita)… de cerrar los ojos y recordar.

Todavía me impacta el momento en que una niña invidente presenta al Papa y a los Reyes de España el modelo a escala de la Torre y explica apasionada cada uno de sus detalles guiada por su tacto. Fue lo menos “vistoso” de esa espléndida inauguración, pero quizá lo más significativo: una niña ciega a imagen de nuestra “magnífica humanidad” (título de la reciente encíclica). Aunque limitados para captar en plenitud las maravillas de Dios y a Dios mismo, nuestra carne, inteligencia y corazón nos hacen capaces de llegar a Él y conectar con los demás a través de la auténtica belleza: esa que supera lo presente o lo que se puede ver o sentir, pues eleva el corazón hacia lo eterno: lo que nos trasciende e inspira.

Esa niña recuerda que una seria discapacidad es tener el corazón nublado para reconocer y acoger, más allá y más acá, a la fuente del Amor encarnado y de la luz divina: esa que nos permite captar “lo esencial invisible a los ojos” del Principito. Torres, libros y cosas sencillas muestran así al Príncipe que, aunque no vemos, no deja de reinar e iluminar.

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