Me preocupa la facilidad con la que nos hemos acostumbrado al desencanto político. No tanto por la crítica, que a veces es necesaria, sino por la resignación. Como si hubiéramos dejado de esperar algo verdaderamente valioso de quienes sostienen la vida pública. Basta con que no haya escándalo, con que las cosas se hagan «más o menos».
Y, sin embargo, yo no dejo de preguntarme: ¿representar a otros no debería exigir algo más profundo que una buena estrategia o una presencia convincente? Hay una dimensión ética difícil de explicar, pero fácil de reconocer cuando aparece: personas cuya forma de actuar transmite sentido, incluso en medio de la complejidad.
Pienso a menudo que el problema del poder no es solo el abuso. A veces es más sutil: el riesgo de terminar habitando un personaje, de acostumbrarse a la tensión permanente, de olvidar por qué se empezó y cuándo dejó de merecer la pena. Por eso la espiritualidad ignaciana sigue teniendo algo que decir también aquí.
San Ignacio hablaba del Magis como una búsqueda interior: aquello que más conduce al bien. No al brillo ni al reconocimiento, sino a una vida orientada. Quizá eso sea hoy la coherencia: la capacidad de permanecer unidos por dentro, de vivir con cierta sobriedad y de no ocupar el centro de atención constantemente.
Tal vez el desencanto colectivo tenga que ver, en el fondo, con nuestra necesidad de volver a encontrar personas así.



