Conversión significa doblarse algo sobre sí mismo, volviendo así hacia su origen. De ahí el significado en el contexto religioso, que tradicionalmente ilustramos con el giro radical que Saulo de Tarso completó para acabar siendo San Pablo.
A veces, conscientes de que estamos lejos de lo que Dios querría para nosotros, buscamos grandes rupturas, estruendosas caídas del caballo sobre el que cada cual monta (egoísmo, materialismo, acedia, ambición desmedida…) para lograr una conversión pública y notoria. Que todo el mundo sepa que hacemos cierta donación, que participamos en una actividad benéfica o que nos vamos a un retiro espiritual.
Nos empeñamos en abandonar el pecado alimentando esos mismos caballos que nos mantienen en él, alejándonos cada día de una vida centrada en el Evangelio.
La receta correcta, sin embargo, es mucho más sencilla. Así como el «Modo avión» consiste en cortar toda señal a nuestros inseparables dispositivos; cuando percibimos que nuestra relación con Dios y con el resto de la Creación no es el adecuado, debemos activar el «Modo conversión». Se trata de una configuración en la que ponemos total atención a cuanto nos rodea, para notar cómo, hasta en nuestras noches más oscuras, Dios nos une a todos los seres en un abrazo infinito que es su don más maravilloso. Cada día, por duro que sea, el sol sale y se nos ofrece una oportunidad de ser mejores hijos de Dios.
Así, conscientes de los regalos que nos rodean, sabemos que la próxima vez que Jesús nos pregunte «¿Quieres ser curado?» seremos capaces de tomar nuestros problemas, como aquel enfermo tomó su camilla, y ponernos en camino. Porque, cuando uno se revuelve y abandona el pecado, los senderos que un día le parecieron secos, bajo la luz del Amor se muestran repletos de las más bellas flores.
