…y con asignatura pendiente me vengo a referir a esa que es perdonarse a uno mismo, algo que nos impide tanto seguir adelante con nuestras vidas. No hay mayor escollo que tropezar con uno una y otra vez.
Cuando hablamos del perdón siempre nos viene a la cabeza el acto de perdonar a quien nos hizo daño o el de pedir perdón a quien se lo hicimos. Parece que la práctica del perdón con uno mismo es de esas cosas que “dejamos para luego”, o que creemos no merecer. Está bien que la conciencia nos remuerda, más que nada para ser conscientes de lo que hicimos o dejamos de hacer y así no volver a caer. Pero que nos remuerda, no que nos coma vivos.
Pienso a menudo en la parábola del Hijo Pródigo. Conocemos a ese padre infinitamente amoroso, que espera cada día al hijo díscolo y egoísta, escudriñando el horizonte con el corazón en un puño. Pero también pienso en el hijo. Pienso en su camino de regreso a casa, en ese discurso que mentalmente repasaría una y otra vez deseoso de soltarlo, de que fuera suficiente para que su padre le perdonara.
Imagino que la culpa le corroería por dentro. Ay, la culpa, qué mala compañía. Cuando ella entra en juego, nos achica, nos convence de que somos merecedores de cualquier castigo. Así iría ese hijo, rumiando por dentro la terrible culpa. Pero el perdón del padre no se hizo esperar. Lo suyo fue un derroche de amor. Sin embargo, siempre me quedé con la duda de cuánto tiempo tardaría este hijo en perdonarse a sí mismo.
Perdonar es liberar al otro, recibir el perdón es descanso para el alma. Pero perdonarse a uno mismo es salud mental, alivio para el corazón, ánimo para seguir adelante ligeros de carga, y es también abrigo de Dios. Porque, tras ese perdón que nos concedemos, Dios lo hará todo nuevo. Sentiremos su amor derramado sobre nosotros, un amor que ya nos acompaña mucho antes de la losa bañada en culpa que nos echamos encima, que permanece a nuestro lado debajo de ella y que desde ese fondo oscuro como un sepulcro nos ayuda a romperla.
