A ti, maestro. A ti que estos días vuelves a cruzar la puerta de un aula cargado de proyectos, de preguntas, de incertidumbres y, quizá, también de cansancio. A ti que comienzas un nuevo curso imaginando los rostros de quienes se sentarán delante de ti, pero sabiendo que, de algún modo, sus historias acabarán formando parte de la tuya. Hoy quiero recordarte algo: tu tarea es mucho más grande que enseñar.

En el Evangelio, Jesús es llamado Didáskalos, Maestro. Pero Jesús no enseña desde una tarima ni desde la distancia. Enseña caminando. Mira. Pregunta. Escucha. Se acerca. Corrige cuando hace falta y abraza cuando duele. Conoce el nombre y la historia de quienes tiene delante. Y, sobre todo, cree en ellos antes incluso de que ellos sean capaces de creer en sí mismos. Esa es nuestra vocación, la más bella.

Habrá días en los que enseñar será explicar una lección. Otros en los que será poner un límite. Habrá días en los que tendrás que exigir, y otros en los que simplemente tendrás que escuchar. Porque educar no consiste en evitar a los alumnos toda dificultad, sino en acompañarlos hasta que descubran que pueden atravesarla.

La tradición bíblica tiene una palabra hermosa: hesed. Habla de un amor fiel, constante, que permanece. Quizá educar tenga mucho de eso: seguir creyendo en alguien incluso cuando todavía no vemos en qué puede convertirse. Tú trabajas con el futuro, pero lo haces en el presente. Cada explicación, cada corrección, cada palabra de ánimo, cada mirada que dice ‘confío en ti’ puede convertirse mañana en memoria, en vocación, en vida.

Por eso, maestro, no olvides nunca la grandeza de lo que tienes entre manos. Tienes delante personas, no expedientes. Historias, no calificaciones. Hijos e hijas de Dios, no números de una lista. Tienes un terreno sagrado, protégelo.

Que este curso puedas mirar a cada alumno como Jesús miró a los suyos: con verdad, con firmeza y con una ternura que no renuncia a exigir. Y cuando termine el curso, quizá muchos no recuerden aquella lección concreta que explicaste. Pero ojalá recuerden que, durante un tiempo, alguien creyó en ellos.

A ti, Maestro.
Gracias por dedicar tu pasado a preparar el futuro, entregándote cada día al presente.

PastoralSJ
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