Ahí va una confesión: en mis primeros meses de noviciado, habiendo apenas llegado, empecé a sentir que estaba fracasando como futuro jesuita. En las interacciones que tenía en la pastoral, con mis compañeros, en la oración… me veía muy lejos de lo que había imaginado cuando entré. Pensaba en jesuitas que había conocido antes y que me habían inspirado, y sencillamente yo no lo hacía tan bien.
Dándole vueltas, me di cuenta de lo que estaba pasando: de algún modo había juntado en mi cabeza todas las cualidades de estos jesuitas en un solo ideal, cogiendo de cada uno lo que más me gustaba. El sentido del humor de éste, las homilías impactantes del otro, la humildad de aquél y el saber estar del de más allá. Algo así como un Mr. Potato SJ, un tío perfecto hecho a pedazos, sin defectos y a tope de talentos. Y claro, contra tal modelo, buena suerte midiéndote.
Recuerdo que una tarde entré en el despacho del Maestro de novicios, apabullado por tantos defectos que a cada rato descubría en mí, y que él dijera: “Mira, Luis, no podemos construir el edificio de la vocación sin acotar sus límites. Los muros no pueden extenderse indefinidamente, pues de otro modo nunca empezarán a subir”. Aquello fue muy significativo para mí, un primer paso hacia un modo más auténtico de entender qué venía a hacer allí, y que aún hoy me orienta cuando de vuelta en vuelta choco con mi limitación.
Y es que, bien pensado, de todo lo que me frustra, seca, agota, desilusiona… ¿qué hay de proyectado? ¿Qué hay de expectativa, de ideal imposible? Y aquí no apelo tanto a lo de “quiérete a ti mismo” (que bueno, si no te pasas pues también está bien) sino a ver con otros ojos, tal vez los de Dios, la realidad. En lo que tú ves como insuficiente, ¿qué ve Él que ha querido dártelo? En lo que tú das por perdido, ¿cómo sigue Él, incansable, trabajando y sosteniéndolo?
