La que no lo sabe todo soy yo y, sin embargo, me hallo siempre metida en cábalas, queriendo despellejar todos los misterios y obtener así las respuestas que me urgen.
La vida está llena de situaciones complejas y sinsentidos que dejan en el aire muchas preguntas y ninguna respuesta que pueda proporcionar cierta lógica a lo que ocurre, aunque sea una lógica que no te guste. O ni siquiera sea lógica. En ocasiones, vivir es como transitar por un laberinto de espejos en el que no sabes qué es realmente lo auténtico y qué simplemente es un reflejo de esa verdad que buscamos.
En estas esquinitas de la vida es donde se pierden muchos jóvenes. Un Dios Todopoderoso que nos ama más que a nadie no encaja con las dificultades, los fracasos o el mal que nos ronda. ¿Acaso no tiene poder para acabar con “los malos”? ¿No será que, en realidad, Dios no existe? La desesperanza y la duda les gana la partida. Y nosotros, los adultos, no movemos entre el evitar que caigan en la increencia imponiendo nuestras respuestas o, simplemente, resoplar, refunfuñamos y miramos para otro lado.
Pero es que Dios a veces es mudo, a veces lleva ropa de camuflaje y se confunde entre las cosas del mundo. ¿Qué hacer? ¿Qué esperar? ¿Cómo responder a la duda? Entonces recuerdo la escena de Jesús y Pedro en la que Jesús le pregunta repetidamente si le quiere. Pedro, triste, confuso, rendido, le responde: «Señor, tú lo sabes todo. Tú sabes que te quiero». A lo que Jesús le responde: «Apacienta mis ovejas».
ES la respuesta. Entre tanta duda y tanto lío que nos montamos, Jesús responde recordándonos lo importante: no mirarnos a nosotros, nuestro ombligo y nuestras incógnitas. Sal de ahí, alza la mirada, busca al prójimo y apacienta. Lo demás, como dice también el Evangelio, nos vendrá por añadidura.









