Existe un principio en la física llamado entropía. Este explica que, cuando algo se abandona por completo, tiende al desorden. Una casa cerrada acumula polvo, el metal se oxida y los caminos se llenan de maleza. El universo mismo parece recordarnos que todo lo que no se cuida, poco a poco se deteriora y quizás por eso el Evangelio insiste tanto en el amor. Porque amar es resistir el desgaste del alma. Amar es ordenar el caos, es sentarse a escuchar cuando sería más fácil ignorar, es perdonar cuando el orgullo quiere levantar muros y permanecer cuando todo invita a huir.
Jesús entendía profundamente esta verdad. Por eso hablaba del Reino de Dios como una semilla que necesita cuidado, como una vid que debe permanecer unida y como una lámpara que no puede esconderse. Nada vivo crece sin entrega, nada humano florece sin dedicación.
La ciencia nos enseña también que, para mantener una estrella brillando, se necesita una fuerza inmensa luchando constantemente contra el colapso. Y tal vez el corazón humano funciona de la misma manera. Dentro de nosotros siempre existe la tentación de apagarnos, de volvernos fríos, indiferentes o cansados. Pero cada acto de bondad, cada gesto de fe y cada oración silenciosa son pequeñas fuerzas que mantienen viva la luz.
Por eso la espiritualidad no consiste en escapar del mundo, sino en sostener la vida en medio del desgaste cotidiano. Y quizá ahí está el milagro más grande del Evangelio; descubrir que Dios no abandona la creación al caos, sino que continuamente la sostiene con amor. Y nosotros, cuando amamos de verdad, participamos también de esa obra divina. “No se puede ocultar una ciudad puesta sobre un monte.” Mt 5,14



