En uno de sus discursos a los jóvenes, el papa Francisco decía: “Sueñen, por ahí se les va la mano y sueñan demasiado… No importa. Soñá. Y cuenten sus sueños. Hablen de las cosas grandes que desean. Porque cuanto más grande es la capacidad de soñar, y la vida te deja a mitad de camino, más camino has recorrido”. Hoy soñar en grande es tal vez un gesto que nos hace ir en contra de la corriente, pero que nos permite vivir la radicalidad del Evangelio. 

La Buena Noticia no nos invita a quedarnos quietos o acomodados; nos impulsa a salir de nosotros mismos, de nuestras costumbres, de nuestros esquemas para soñar y hacer realidad aquello que más nos mueve a comprender que somos muy amados por Dios y que nuestra misión es hacer que otros vivan también ese mismo amor. 

Y este gesto de contracorriente lo hacemos con otros, con aquellos que nos han ayudado a sanar y que nos acompañan a soñar en grande. El ejemplo claro de ello es aquel paralítico que es curado por Jesús después de que quienes llevaban la camilla abrieran el techo. Hay compañeros de camino que verdaderamente nos impulsan hacia Jesús, a pesar de nuestras heridas. Después de eso, entonces viene la misión, y junto a ella, la capacidad de soñar. Los sueños grandes, esos que en ocasiones parecen una utopía, se convierten en vida, se hacen fecundos cuando, primero, no nos cansamos de soñar y, segundo, cuando comprendemos que es junto a otros, junto a aquellos que se hacen rostro concreto de Jesús, que lo podemos lograr. 

Y sí, tal vez en ocasiones soñaremos demasiado, pero dejemos que la vida y la radicalidad del amor del Evangelio nunca nos dejen quietos.

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