En medio de la inmediatez, de la velocidad de lo cotidiano, del dolor que nos divide, es un acto de rebeldía buscar la belleza en lo pequeño. Y es tal vez la hora de atrevernos a ser rebeldes.
Atreverse a contemplar la belleza de lo pequeño nos saca de la costumbre y nos salva, pues está cargada de grandes dosis de esperanza y hace que nos dejemos sorprender por lo sencillo. Los destellos de belleza nos sacan del dolor y de la desesperanza para impulsarnos a contemplar lo colorido de una flor, la raíz que rompe la rigidez del concreto, el canto del ave, el atardecer que se cuela en el caos citadino o el balcón de un edificio adornado con plantas.
Dejar a un lado la inmediatez desenraizada, la velocidad infecunda, es hoy un acto propio del buen cristiano, pues no pide signos grandes y deslumbrantes, sino que se atreve a contemplarlos, a encontrarlos en aquello que ya acontece y que con seguridad viene de Dios.
Hoy, dejarse interpelar por lo pequeño es un acto de salvación, un acto que nos lleva a la dimensión entrañable de nuestra vida, de nuestra vocación, para que el corazón lata al ritmo de Dios, al ritmo de lo pequeño, al ritmo del amor.
Así pues, dejemos que nuestra cotidianeidad se transforme y nos haga testigos de la belleza que a Dios tanto le gusta, esa que abraza al corazón y lo impulsa a seguir latiendo y a seguir creando dosis de belleza para transmitir la esperanza propia de Aquel que resucitó y se quedó en medio de nosotros.
