El tiempo que vivimos es de imágenes espectaculares, unas tras otras, con o sin filtros, pero donde el centro soy yo mismo. O, si no eres de imágenes, hablemos de sonidos y de la música que quieras o no escuchar; algunos jóvenes la llevan enganchada a sus patinetes con el altavoz.

Pero no todo es espectáculo y ruido; seamos realistas y justos.

Quiero destacar la imagen del Santo Padre en la vigilia de oración que vivimos hace unos meses en Roma, como guinda del pastel del Jubileo de los jóvenes. ¿La imagen? Impresionante. ¿Filtros? Ninguno. ¿La música? El silencio, sobrecogedor. ¿El centro? Jesucristo sacramentado.

Ese momento fue inolvidable. Miles de jóvenes teniendo claro que el centro de la vida es Jesucristo, y que nosotros solo somos, en el mejor de los casos, sus seguidores. Viviendo que la Iglesia tiene que tener puestos los ojos en Jesucristo para poder ser enviados al mundo, para llevar Buena Noticia, ser sal y luz, expulsar demonios y sanar enfermos.

La imagen del Papa León, en su primer momento como Sumo Pontífice ante los jóvenes de nuestro tiempo, fue la de reconocer que él tiene la misión de unir puentes; pero no cualquier puente, sino el que dista entre lo cotidiano y lo trascendente. En Tor Vergata lo consiguió. No usó imágenes ni sonido. No habló de él ni se puso en el centro. Se puso en silencio y de rodillas ante quien toda rodilla se dobla.

Ojalá que su visita a Madrid pueda seguir esa línea y podamos entonces volver a nuestras vidas a proclamar que Jesucristo es el Rey del Universo.

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