
reflexión
Nuestra casa es el mundo
Hogar y distancia
«El forastero no tuvo que dormir en la calle, porque yo abrí mis puertas al caminante» (Job 31, 32)
Todos tenemos nuestro hogar, nuestra tierra, nuestro pueblo. Y está bien. Allí nacemos. Y allí pasamos los primeros años, al menos. Allí aprendemos canciones, calles, colores y nos acostumbramos a aromas, sabores, ruidos. Luego, tal vez, toca moverse. Ojalá no sucumbamos entonces a la añoranza ni la nostalgia. Ojalá allá donde vayamos podamos sentirnos en casa, aunque evoquemos la infancia y sus lugares. Ojalá nadie se sienta 'extraño'. Que el mundo es casa común que nos has dado, Señor, tú que eliminas barreras y nos das un idioma común.
¿Funcionas tú a veces con esas categorías, propios y extraños, míos y ajenos?
Canción del emigrado
En ciudades ajenas venimos al mundo
y las llamamos patria, mas breve es
el tiempo concedido para admirar sus muros y sus torres.
Caminamos de este a oeste, ante nosotros rueda
el gran aro del sol
ardiente, a través del cual, como en el circo,
salta ágilmente un león domado. En ciudades extrañas
contemplamos las obras de viejos maestros
y, sin asombro, en añejos cuadros vemos
nuestros propios rostros. Habíamos existido
antes, e incluso conocíamos el sufrimiento,
nos faltaban tan sólo las palabras. En la iglesia
ortodoxa de París los últimos rusos blancos,
encanecidos, rezan a Dios, varios lustros
más joven que ellos y, como ellos,
impotente. En ciudades ajenas
permaneceremos, como los árboles, como las piedras.
Adam Zagajewski
Y Dios, en todas partes
«¡Qué grandes son sus signos, qué admirables sus prodigios! Su reinado es eterno, su poder dura por todas las edades» (Dan 3, 33)
Lo admirable del mundo es ver cómo todo puede ser un apunte de eternidad. A veces el mundo nos decepciona, con tantos brotes de violencia, de egoísmo, con tantas malas noticias. Abrumados por el peso de una realidad incierta, podemos caer en el escepticismo o la amargura. Quizás por eso es más necesario, si cabe, aprender a mirar, y no olvidar la belleza que late alrededor. Hay mucho bien en torno, que nos habla del Bien primero y origen de todo. Hay amor, y hay alegría profunda. Hay risas que emocionan. Hay gestos de ternura que lo cambian todo. Hay momentos de encuentro, de comunión, de plenitud en muchas vidas. Y esos instantes son el suelo firme sobre el que podemos después construir, y la memoria que nos permite adentrarnos, a veces, en otros parajes más inhóspitos. Señor, abre nuestros ojos para descubrirte, alrededor.
Mira a tu vida cotidiana, y trata de prestar atención a esas maravillas que a veces pasan desapercibidas.
Para mí, una brizna de hierba
no vale menos
que la tarea diurna de las estrellas,
e igualmente perfecta es la hormiga,
y así un grano de arena
y el huevo del reyezuelo,
y la rana arbórea
es una obra maestra,
digna de egregias personas,
y la mora pudiera adornar
los aposentos del cielo,
y en mi mano la articulación más menuda
hace burla de todas las máquinas,
y la vaca, rumiando con inclinado testuz,
es más bella que cualquier escultura;
y un ratón es milagro
capaz de asombrar
a millones de infieles.
Walt Whitman


