Y Dios, en todas partes

«¡Qué grandes son sus signos, qué admirables sus prodigios! Su reinado es eterno, su poder dura por todas las edades» (Dan 3, 33)

Lo admirable del mundo es ver cómo todo puede ser un apunte de eternidad. A veces el mundo nos decepciona, con tantos brotes de violencia, de egoísmo, con tantas malas noticias. Abrumados por el peso de una realidad incierta, podemos caer en el escepticismo o la amargura. Quizás por eso es más necesario, si cabe, aprender a mirar, y no olvidar la belleza que late alrededor. Hay mucho bien en torno, que nos habla del Bien primero y origen de todo. Hay amor, y hay alegría profunda. Hay risas que emocionan. Hay gestos de ternura que lo cambian todo. Hay momentos de encuentro, de comunión, de plenitud en muchas vidas. Y esos instantes son el suelo firme sobre el que podemos después construir, y la memoria que nos permite adentrarnos, a veces, en otros parajes más inhóspitos. Señor, abre nuestros ojos para descubrirte, alrededor.

Mira a tu vida cotidiana, y trata de prestar atención a esas maravillas que a veces pasan desapercibidas. 

Para mí, una brizna de hierba 

 

no vale menos 

que la tarea diurna de las estrellas,
e igualmente perfecta es la hormiga, 

y así un grano de arena 

y el huevo del reyezuelo,
y la rana arbórea 

es una obra maestra, 

digna de egregias personas,
y la mora pudiera adornar 

los aposentos del cielo,
y en mi mano la articulación más menuda 

hace burla de todas las máquinas,
y la vaca, rumiando con inclinado testuz, 

es más bella que cualquier escultura;
y un ratón es milagro 

capaz de asombrar 

a millones de infieles.

 

 

Walt Whitman

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