Cuando esa semilla arraiga; cuando ese latido de Dios en nosotros se vuelve estruendo; cuando de golpe se desata la pasión por el Reino y por los otros (¿acaso no van siempre unidos?); entonces en la vida uno se siente enviado, empujado, llevado… a construir sin miserias. A arriesgar sin excesos de prudencia. A intentar sin tener garantizado el éxito. A asomarse a las vidas, los rostros, las inquietudes de tantos. A proclamar un evangelio que este mundo necesita. Entonces uno siente que camina hacia algún sitio, y no camina solo. Entonces uno, aunque pudiera quedarse tumbado, prefiere levantarse y echar a andar, creer, soñar y luchar por algo. Ese envío pasa por cosas muy sencillas (estudios, trabajos, familia, amigos, los próximos y los ajenos)… pero les da una dimensión diferente.
¿Cuál es mi camino? ¿Cuál es mi destino? ¿Qué tengo que hacer?
Envíame
Envíame sin temor, que estoy dispuesto.
No me dejes tiempo para inventar excusas,
ni permitas que intente negociar contigo.
Envíame, que estoy dispuesto.
Pon en mi camino gentes, tierras, historias,
vidas heridas y sedientas de ti.
No admitas un no por respuesta.
Envíame; a los míos y a los otros,
a los cercanos y a los extraños
a los que te conocen y a los que sólo te sueñan
y pon en mis manos tu tacto que cura;
en mis labios tu verbo que seduce;
en mis acciones tu humanidad que salva;
en mi fe la certeza de tu evangelio.
Envíame, con tantos otros que, cada día,
convierten el mundo en milagro.
(José María R. Olaizola, sj)
