Jesús hablaba de manera sencilla, no hablaba de teología sistemática. Jesús hablaba de semillas que caen al suelo, de redes que se rompen, de peces buenos y malos, de pan, de vino. Hablaba en arameo, la lengua de la calle, del hogar y del mercado.
Hay mañanas que amanecen cubiertas por una fina capa de rareza. Ocurre cuando comentamos palabras como discernimiento, Gracia, examen. Las lanzamos al aire con devoción, como quien custodia un tesoro antiguo, pero rebotan contra las paredes de quien nos escucha y caen al suelo con un sonido casi hueco. Para quien nos oye, en muchas ocasiones, estas palabras custodian, más bien, un museo. Les suenan a sánscrito, a algo distante y ajeno.
El drama no es que las palabras ignacianas hayan perdido su verdad, sino que hemos olvidado, que en su origen no eran términos académicos, sino carne, sudor y caminata. Ignacio escribió lo que le pasaba por las entrañas mientras contemplaba el curso del Cardoner. Sencillez.
Nuestra labor como agentes de evangelización, no es exigir a la sociedad que hable la lengua del siglo XVI, sino acompañar para que descubran el Misterio en su propio idioma. Es descorrer las cortinas para que vean que Dios no habita únicamente en los textos solemnes, sino también entre pucheros, entre rabietas que se serenan.
No se trata de despojar a la tradición de su altura, sino de devolverle los pies manchados de barro con que Ignacio la caminó. Solo cuando el lenguaje recupera la tierra que pisa, en quien nos oye, se da la posibilidad de que vuelva a ocurrir el milagro sin necesidad de avisar.
