He encontrado recientemente en redes sociales algunos reels denunciando el consumo de pornografía y la prostitución, que me han llamado la atención, pensando de dónde veníamos.
Durante mucho tiempo, parecía que el mayor signo de liberación y progreso era prescindir de cualquier limitación respecto de la sexualidad. Los años posteriores a 1975 trajeron una corriente de desquite contra un ambiente moral represivo que había imperado hasta entonces. Proliferaron las publicaciones y los espectáculos donde la frivolidad sexual, cuando no la pornografía, eran los protagonistas. Esta época se conoció como “el destape”. Con los años, se abrió paso un discurso según el cual la prostitución podía ser un trabajo más, como si vender y comprar el cuerpo fuera equiparable a cualquier servicio.
En los últimos años, se está produciendo un movimiento opuesto. Se han llegado a proponer instrumentos legales para vigilar el acceso a contenidos pornográficos en Internet. También ha habido tentativas de prohibir la prostitución. Éstas se proponen en ocasiones desde términos que asimilan a los consumidores de pornografía con violadores en potencia, y al consumo de prostitución con violaciones. Estos planteamientos suelen mirar a las reivindicaciones feministas más recientes, que son legítimas, pero incompletas, especialmente si están planteadas sólo como una lucha dialéctica, porque la dialéctica acaba provocando oscilaciones de un extremo a otro.
Necesitamos redescubrir el sentido profundo del ser humano y su sexualidad, es decir, recuperar una reflexión antropológica. Por encima de la cultura de consumo, que convierte el sexo en un fin y a las personas en medios, necesitamos hablar del amor y la castidad. El amor reconoce toda la dignidad de la persona a la que mira. La castidad no se reduce a reprimir, es la virtud de quien ama manteniéndose dueño/a de sí, y sin adueñarse de la otra persona.
