Hay silencios que pesan más que las palabras. Hay puertas que se cierran sin hacer ruido y miradas que pasan de largo dejando una herida que nadie alcanza a notar. A veces, lo que más duele no es la crueldad de alguien, sino descubrir que a nadie pareció importarle.
La indiferencia es una de las formas más silenciosas de violencia. No necesita gritos ni golpes, basta con acostumbrarnos al sufrimiento, mirar hacia otro lado y convencernos de que aquello que ocurre frente a nosotros no es asunto nuestro. Poco a poco, el dolor de los demás deja de incomodarnos y comenzamos a vivir protegidos por una peligrosa comodidad, la de no sentirnos responsables de nada. Pero cada vez que elegimos no mirar, algo en nosotros también se apaga. Porque nuestra humanidad se construye precisamente en la capacidad de dejarnos tocar por la vida de los demás. Amar significa permitir que la realidad del otro nos importe.
No podemos sanar todas las heridas del mundo, pero sí podemos decidir cuál será nuestra respuesta cuando encontremos una. Y quizá Dios se encuentra precisamente ahí; en el rostro que estamos tentados a ignorar, en la persona que necesita que nos detengamos y en aquel cuya herida nos pide algo más que una mirada. Porque Dios nunca nos enseña a pasar de largo; nos enseña a mirar como Él mira, con misericordia, con compasión y con un amor que se acerca. Tal vez la pregunta no sea cuánto dolor podemos soportar sin involucrarnos, sino cuánto amor estamos dispuestos a ofrecer para que el dolor de otro no tenga que ser vivido en soledad.
