Decían los antiguos que cuando el sabio señala la luna, el necio mira el dedo. La llegada del papa León XIV a Madrid tiene algo de ese gesto. En medio del ruido de la ciudad, el sucesor de Pedro llega como un peregrino que señala al cielo y nos dice como san Pablo: buscad los bienes de allí arriba, donde está Cristo, no a los de la tierra.
Sabemos bien que la santidad no es, en primer lugar, fruto de nuestros esfuerzos y por eso el Papa nos recuerda la necesidad de dejar de mirarnos a nosotros y a nuestras cosas para alzar la mirada hacia Aquel que nos llama. La santidad consiste en permitir que Jesucristo vaya modelando toda nuestra vida. De ahí, que sea tan importante alzar la mirada, porque solo quien mira a Cristo, crucificado y resucitado, puede caminar hacia Él.
Madrid ha visto esto encarnado en nuestro querido San José María Rubio. Este jesuita caminó las calles de la capital sin hacer ruido. Simplemente vivía de su amistad con Cristo. Y desde ahí, Dios hizo de su vida consuelo para los pobres y luz para los que andaban perdidos. Su historia recuerda que la santidad no consiste en brillar con luz propia, sino en dejar que Dios ilumine al mundo a través de uno y, por qué no, con otros. Cuando eso ocurre, el cielo empieza a asomar entre las calles de la ciudad. Y entonces uno entiende por qué se dice de Madrid al cielo.



