Es habitual y deseable en cualquier comunidad cristiana que sus miembros compartan de vez en cuando su vida. Y en ellas se relaten cada uno cómo está y las luces y sombras que en ellas acontecen, y surge ahí una fraternidad invisible donde cada uno ayuda a su manera. Es bueno y deseable toda conversación espiritual, insisto. Y cuando alguien se abre es positivo, porque es señal de confianza en la comunidad y de profundidad. No me imagino a Jesús teniendo conversaciones con sus discípulos donde todo se circunscribía a la misión, a la teología del momento o a unas buenas catequesis. Sin embargo, aquí surge la tensión, de pensar que cuanto más te abras más fe tienes, y así el grupo se convierte, en un buen diván donde cada uno siente que tiene que contar algo cada vez más fuerte para sentirse integrado y escuchado. Y pensar que por abrirte más o padecer más tienes más fe. De tal forma que cuando no tienes nada que contar porque la vida no nada para más, incluso te puedes llegar a sentir incómodo. Esto se intensifica cuando se trabaja con adolescentes, donde el componente emotivo es aún mayor.
Si miramos la historia del Pueblo de Israel -y a cualquier grupo tribal-, a ellos también les ayudaba contar historias, pues nuestra religión es claramente narrativa y nos ayuda a crear realidad. Pero no se trata de relatar lo cruento que era el faraón o los duros que eran los padecimientos. La narración tenía como trasfondo contar lo grande que era Dios y su misericordia, y desde allí iluminar nuestras propias vidas, incluso siglos después. Por tanto, no consiste en relatar dramas y tragedias, cada cual más grande, sino de abrirnos a la esperanza de un Dios que no nos abandona y que camina con su pueblo.
En el cristianismo, sobre todo al principio, los testimonios de la resurrección eran un eje fundamental en la transmisión de la fe. La cuestión de fondo no pasa solo por hablar o no hablar de nosotros mismos, sino por preguntarnos dónde ponemos el foco cada vez que hablamos de nuestros problemas -por duros y trágicos que estos puedan ser-: si en nosotros mismos y en nuestras vulnerabilidades y heridas o en un Dios que camina con nosotros, que nos consuela cuando vienen mal dadas y que no nos abandona nunca. La diferencia puede ser considerable, los frutos también.









