Cuando Francisco de Javier e Íñigo de Loyola se encontraron en aquella habitación del colegio Santa Bárbara de París, las posibilidades de que crearan algo juntos eran cero.
Por un lado Íñigo, cojo, con cuarenta años, golpeado por la vida, de vuelta de batallas reales y espirituales. Por el otro Francisco, atleta, de poco más de veinte años, ambicioso, excelente en los estudios y soberbio. Ese cruce de miradas del primer encuentro nos lo podemos imaginar.
Se llevaban quince años. Quince años de diferencia en los que Ignacio tuvo que esforzarse con la mayor de las paciencias pedagógicas: la paciencia de saber esperar. La historia de su alianza no fue un flechazo, sino una larga lección de pedagogía ignaciana. Ignacio no avasalló al joven aristócrata; no combatió su orgullo con autoridad, sino con el silencio de quien sostiene. Le buscó limosna cuando Javier flaqueaba y le recordó, con la templanza de quien ha perdido el mundo para ganar el alma, que el Magis no es una competencia, sino una entrega. Supo ver en aquel diamante altivo no a un rival, sino a un discípulo cuya energía merecía ser canalizada hacia horizontes más altos.
Hoy, en nuestros lugares de trabajo este mapa de París se repite. En nuestras salas de reuniones nos encontramos con veteranos y jóvenes recién licenciados. Encontramos modos y metodologías del revés. Se entremezclan los “Javieres” con un manejo el manejo impecable de lo digital y esa lógica osadía del que cree que va a cambiar el mundo con los “Ignacios” que arrastrados por el cansancio cargan el cuerpo lleno de cicatrices de finales de curso extenuantes.
La cura personalis hoy es comprender que Francisco no llegó a las Indias solo por ser un fuera de serie, sino porque un hombre madurado en el silencio decidió gastar sus fuerzas en ganárselo. Ojalá miremos a los nuevos no como una amenaza, sino como los pies que llevarán nuestra vocación mucho más allá de donde alcanzan a ver nuestros ojos.









