Feuerbach y otros materialistas decían: “somos lo que comemos”. Y lo usaban para burlarse de los cristianos, acusándolos de pesimistas porque veían la vida desde la caída y el pecado del Génesis. Pero lo que no entendían es que esa historia no es un drama triste, sino un relato de amor y libertad. Dios le regaló a Adán y Eva un mundo entero, perfecto, bendecido, lleno de belleza… solo con una condición: no tocar dos árboles. Fácil, ¿no? Pero la tentación apareció y les vendió la idea de que ellos sabían mejor que Dios lo que les convenía. El problema no fue tanto morder una fruta prohibida, sino poner su ego en el centro, como si todo girara alrededor de ellos, olvidándose de quién les había dado todo.
Y aquí viene lo fuerte: siglos después, seguimos igual. Nos creemos el centro, vivimos atados a nuestros caprichos, queremos que la vida se ajuste a nuestros planes y no al revés. Desde siempre, Dios nos ha llamado a vivir en plenitud. Jesús lo dijo sin filtros: “Felices los que tienen hambre y sed de justicia” (Mt 5, 6). No se refería a un antojo cualquiera, sino a ese hambre profunda de Verdad. Todos buscamos una vida abundante… pero si somos lo que comemos, la pregunta es: ¿qué estamos comiendo?
Hoy, mucha gente organiza su día entero pensando en la comida: dietas, batidos verdes, apps para contar calorías… todo para vivir más, verse mejor o lograr la “eterna juventud”. Pero el verdadero alimento que nos da vida no está en un plato gourmet ni en una barra de proteínas. Nuestro alimento real es Jesús: la Palabra hecha carne, el Cordero que vence. Nuestra bebida auténtica está en el cáliz de la Salvación, que nos da Vida eterna. Si organizamos nuestra semana para ir al gimnasio, ver una serie o salir con amigos, ¿por qué no organizarla también para comulgar y nutrir lo más importante: la vida espiritual?
Porque si somos lo que comemos… comamos de Aquel que es la Vida misma. Lo demás, por muy bonito que se vea en Instagram, no sacia de verdad.



