San Ignacio no habla desde un despacho. Habla desde la vida. Desde lo que duele, lo que cuesta y lo que no sale como esperábamos. Porque la vida no es neutra. Y el mundo en el que vivimos tampoco. Por eso se atreve a decirlo sin rodeos: estamos en combate.

No contra personas. Sino contra todo lo que nos va quitando humanidad. El miedo que nos encoge. La indiferencia que nos adormece. Las ganas de pasar sin complicarnos la vida. Ignacio habla de soldados de Cristo porque el Evangelio no se vive desde la barrera. Hace falta gente de carne y hueso. Con historia. Con heridas. Con pasión. Aquí y ahora. En este mundo concreto.

Las Dos Banderas no son cosa del pasado. Son una pregunta directa: ¿desde dónde estás viviendo tu vida? ¿Bajo qué bandera te estás colocando? El combate empieza dentro, sí, pero se juega fuera: en cómo miras, en a quién te acercas, en lo que no estás dispuesto a tolerar: si dejas que el miedo mande, perdemos todos.  Y en un mundo cansado y roto, el Papa León XIV lo ha dicho claro: la paz empieza en cada uno.

Quizá hoy no hagan tanta falta los héroes protagonistas. Hacen falta soldados de Cristo. Con garra. Con entrañas. Sin miedo.

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