Esta frase está en el ideario pastoral de muchos de nuestros carismas y diócesis. La hemos rezado, la hemos meditado y hasta la hemos cantado emocionados. Junto con la luz —muchas veces olvidada—, nos ayuda a ubicarnos en la vida, pues habla de generosidad, de ser útiles y de una manera particular de estar en el mundo. Sin embargo, se nos puede olvidar algo importante: que la sal, como condimento que da sabor, es algo de ricos y de sanos —puede que jóvenes que aún tienen la tensión baja— o que pueden pagarla, porque en tiempos de Jesús, no lo olvidemos, y durante la mayor parte de la historia, era un bien preciado que no se podía desperdiciar.

Pero la sal, además, tiene otra propiedad: ser conservante. Y no se trata este artículo de un manifiesto tradicionalista, sino de un alegato en favor de aquellos pastoralistas que luchan contra viento y marea por preservar la esencia evangelizadora de un colegio o de una universidad; de la abuela que intenta a duras penas mantener la llama de la fe cuando todos creen que es cosa de otro tiempo; de los curas y monjas en lugares donde nadie va a misa; del joven que se dice cristiano en la universidad y todos le miran raro; asociaciones religiosas que trabajan para que no olvidemos nuestra moral, nuestra sabiduría y nuestras raíces cristianas; de los hombres y mujeres que luchan por mantener tradiciones y costumbres católicas en nuestros pueblos y ciudades; de los religiosos que pelean por la misión, sabiendo que quizás no habrá nadie que les reemplace cuando ya no estén.

La sal también está llamada a conservar la vida, a mantener lo bueno, en un mundo que tiende a diluirlo todo, especialmente aquellas cosas que nos nutren y alimentan y solo se entienden desde la lógica de la entrega. Ojalá nos creamos esto de la sal y de la luz, pero con todas sus consecuencias, sabiendo que el Evangelio es sabio y que, muchos siglos después, sigue teniendo algo que decirnos, y nosotros un mensaje que valorar, conservar y disfrutar.

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