Experimento a veces una resistencia invencible frente a algunas palabras. Como si sólo pudiesen pronunciarse de verdad desde un lugar que no soy yo. Me cuesta escribir «refugio» desde la placidez de mi escritorio, cuando, unas fronteras más allá, hay cientos que lo buscan bajo las bombas; no acierto a decir «amparo» habiendo tantos lazos que me sostienen, cuando, unas calles más acá, contemplo vagar a muchos en un barrio trenzado de soledades. Y sé que también yo deseo protección ante los embates de la vida, aunque lo haga lejos de la barbarie y la desesperación que a otros les rondan. Pero no es suficiente. Esas palabras siguen quedando fuera de mi alcance.

Quizá porque aquello que de veras puede resguardarnos nunca es un eslogan pregonado con buena voluntad, sino la oquedad silente que queda allí donde ha pasado el amor. La lanza del soldado horadó el costado del hombre que había ofrecido amorosamente su pecho. Igual que quedó descerrajado el huerto de la mujer después de que el Maestro lo pasease amorosamente. En medio de la vorágine de la violencia y la consternación de la pérdida, sólo ese amor eternamente humano puede hacerse espacio. Él sí sabe declarar aquellas palabras que nosotros no alcanzamos a decir, porque lo hace en y con su carne. La carne glorificada donde Tomás pudo refugiar los dedos de su miedo y María pudo encontrar amparo para su llanto.

No hay duda: aquellas promesas que recibió santa Margarita emergen del corazón del Resucitado, la gran hendidura que el amor de Dios ha dejado en la roca de nuestra tumba. Allí donde nada nos puede hacer un daño definitivo, donde siempre hay un pastor intercediendo por su rebaño. Para todos. Cada día. Y al final, sobre todo, al final: «Seré su amparo y refugio seguro durante la vida y principalmente en la hora de la muerte».

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