reflexión

Verdades desnudas

Solo tenemos una vida

«Jesús contestó: Yo soy el camino, la verdad y la vida» (Jn 14, 6)

Nuestro tiempo (largo o corto) es limitado. Esa es una buena verdad. Nuestra certeza es que somos personas, estamos vivos, moriremos –ojalá no para siempre, eso es fe y Verdad que creemos–. Pero solo tenemos una vida, y por eso hemos de aprovechar el tiempo… ¿Y qué es aprovechar el tiempo? Aquí va una propuesta. Es tratar de mantener la inocencia del niño, pero alcanzar en su momento toda la hondura posible. Aprovechar los días. Llenar la vida con muchos nombres, y que en cada uno de ellos haya una historia. No conformarme con sucedáneos de la alegría. No malgastar el tiempo en tonterías, maledicencias ni odios estériles. Buscar respuestas a las grandes preguntas. Amar de la manera más humana (el evangelio nos propone una forma de amor increíble). Abrir los ojos, los oídos, el corazón y los brazos, a quienes necesitan atención, respuestas, cercanía y justicia.

  •  ¿Se te ocurren más respuestas a esa pregunta: qué es aprovechar el tiempo?
  •  ¿Qué quisieras que sea tu vida? (Vaya pregunta, ¿eh?)

Acoger una vida cerrada

 

En el camino, tierra pisada,
encontré una semilla rara,
acerada cáscara brillante,
cerrada sobre sí misma,
hermética defensa,
seguro el gesto,
certera la palabra, todas sus costuras bien selladas.


Para saber quién era
y hace vida su secreto estéril,
abandoné la curiosidad del niño
que revienta su juguete,
o la del sabio bisturí que disecciona
y aprende de la muerte,
o la pregunta experta
calculada como un lazo
que atrapa el paso confiado.


La enterré en el mejor rincón
de mi jardín sin alambradas,
la dejé abrazada
por el misterio de la tierra,
del cariño del sol alegre,
y del respeto de la noche.


Y brotó su identidad más escondida.
verdes hojas primero, temblorosas,
asomándose al borde de la tierra
recién resquebrajada.
Pero al fin se afianzó de vida esperanzada.

Al verla toda ella,
renacida al pleno sol,
con su melena de hojas
a todos los vientos despegada,
supimos al fin quién era
todo su secreto vivo, suyo y libre


(Benjamín G. Buelta)

Aquí y ahora

«Todos los presentes tenían los ojos fijos en él. Empezó a decirles: 'Hoy se cumple la profecía que acabáis de escuchar'» (Lc 4, 30-21)

El aquí y el ahora no han de entenderse como el carpe diem no tiene memoria ni mira al futuro. Pero aun así hay un aquí y un ahora que son ciertos. El aquí de tantas personas que necesitan respuestas, paz, pan. El aquí de quien busca su lugar en el mundo. El aquí de quien lo ha encontrado. El aquí de los jóvenes que se preguntan qué hacer de sus vidas, los que sueñan con un futuro mejor (o simplemente un futuro) para los suyos. El aquí de los solitarios sedientos de compañía. El aquí de quienes se aman y sienten que es para siempre. El aquí de quienes viven la rutina como algo estéril, y no encuentran motivos para la pasión. El aquí de quien ha encontrado motivos para creer. El ahora de ponerse en marcha de una vez para encontrarnos, para ir regando las historias con agua viva; ir curando cada herida con ternura; ir poblando los silencios con palabra eterna –que habremos de tomar prestada en Aquel que es Palabra–.

  • ¿Sientes que tu aquí y ahora merece la pena?
  • ¿Se te ocurren otras verdades desnudas?

Parábola


Ciertos pescadores sacaron del fondo
una botella.
Había en la botella un papel,
y en el papel estas palabras:
«¡Socorro!, estoy aquí.
El océano me arrojó a una isla desierta.
Estoy en la orilla
y espero ayuda.
¡Dense prisa. Estoy aquí!»
– No tiene fecha.
Seguramente es ya demasiado tarde.
La botella pudo haber flotado mucho tiempo,
dijo el pescador primero.
– Y el lugar no está indicado.
Ni siquiera se sabe en qué océano,
dijo el pescador segundo.


– Ni demasiado tarde ni demasiado lejos.
La isla 'Aquí' está en todos lados,
dijo el pescador tercero.
El ambiente se volvió incómodo,
cayó el silencio.
Las verdades generales
tienen ese problema.


(Wislawa Szymborska)

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