La creación clama y nos interpela, y no sólo desde titulares catastróficos sobre el cambio y desastres climáticos. De las crisis emergen como siempre rostros proféticos que incomodan o consuelan, pero que encarnan la esperanza cuando esta parece perdida: Berta Cáceres, Chico Mendes, Wangari Maathai, Greta Thunberg y tantos otros, conocidos y anónimos. Desde sus trincheras –la comunidad, la ciencia, la política o la calle– han compartido una convicción común: el cuidado de nuestra Casa Común es una urgencia humana y espiritual.
Sin embargo, una reacción frecuente ante íconos morales es buscar desmontarlos. Se les exige una coherencia absoluta, que no vivimos, o una simpatía universal, de la que no gozamos, como si con criticar al mensajero pudiéramos eludir el mensaje. Este mecanismo revela el auténtico malestar: la verdad ecológica, como la verdad del Evangelio, resulta incómoda para ciertos estilos de vida y opciones políticas.
La espiritualidad ignaciana nos invita a buscar a Dios en todas las cosas, a escuchar el clamor de los pobres y de la Tierra. Estas voces proféticas, con sus límites y su vulnerabilidad, son instrumentos de ese clamor. No se trata de poner nuestra fe en ellas, sino de reconocer en su lucha una llamada a la conversión ecológica integral que proponía el Papa Francisco.
Por eso, como nuestro Planeta necesita de profetas imperfectos y no de puros cínicos o meros espectadores, esta Semana Laudato Si’ es una ocasión para cuestionarse. Más allá de líderes y lideresas, de sus luces y de sus sombras, ¿la fe transforma tu manera de habitar, cuidar, consumir, elegir y hasta sanamente incomodar? ¿tu fe te hace profeta para estos tiempos y para esta Tierra que pide a gritos redención?



