En una reciente escena conmovedora, un exmilitar condenado por ordenar la muerte de jóvenes inocentes en Colombia para usarlos como “falsos positivos” – víctimas presentadas como guerrillero caído en combate- cae de rodillas en llanto ante la familia de uno de esos jóvenes. Conmueve porque la familia lo abraza y lo perdona, porque él tiene la valentía de aceptar el crimen que cometió y porque, aunque el dolor de víctimas y victimario parece infinito, este da paso a una reconciliación en nombre del Dios-Amor invocado por los protagonistas.
Guardadas las proporciones, muchos hemos sentido dolor por traición, ruptura, abandono… Peor aún si provienen de alguien muy amado: pareja, amigo, familiar… Y no faltan los buenistas que proponen acabar la ofensa en un pasar sin más la página. No faltan los desconsiderados que tratan de resentida o susceptible a la víctima por su dolor o por no tomar la iniciativa para reparar la relación. No faltan los espectadores para quienes la ofensa es superficial, ignorando que lo pequeño revela mucho de las personas, sobre todo en relaciones entrañables de años. Sea como sea, es inevitable y cristiano entender que el reconocimiento explícito de la culpa y el pedir disculpas es fundamental para posibilitar la reconciliación y algo que parece imposible: el perdón auténtico.
Es difícil imaginar cuán dolorosas fueron la traición de Judas o las negaciones de Pedro para Jesús. Lo cierto es que mientras el primero se destruyó en culpabilidad, al segundo le bastó la mirada de Jesús para reaccionar, llorar arrepentido y enfrentar su cobardía. Ninguno pudo decirle a Jesús: “me equivoqué” ni pedirle: “¿Me perdonas?”. Tú que sí puedes, dilo pronto. La palabra sincera alivia y redime, pero no se obliga. “Hoy estarás conmigo en el paraíso” es también promesa de que la relación entre ofendidos y ofensores puede renacer en la verdad. En el instante mismo en que se reconoce con humildad…



