Enrique García-Máiquez ha integrado en su estilo un tono de mapa del tesoro. Escribe con erudición sin resultar cargante, que es decir que lo hace con misericordia, compasión, honestidad y generosidad para sus lectores. Ha hecho Ejecutoria de páginas ligeras y agradables porque lleva delante su propósito final de «llamar a la acción»: a soltar el libro (aún con fuerzas) y volver a la vida (a buscar el tesoro). Al tiempo que tampoco se ahorra nada: para quienes lo leen da siempre lo que de mejor tiene (el tesoro mismo).
En definitiva, hay que leer Ejecutoria porque supone un alivio. Porque nos quita de delante, al menos durante el rato que estemos metidos entre sus páginas, los discursos más extendidos en nuestros días que sentencian que «da igual ocho que ochenta», y nos acerca a lo que nuestro anhelo más fundamental de veras desea: integrarnos con gratuidad con lo que somos y lo que estamos llamados a ser.
«Lo importante no es aspirar a una patentada aristocracia con todos los papeles del pedigrí en regla, sino empeñarse en alzar un ideal ennoblecedor, irónico con uno mismo, bondadoso con el resto, novelesco con todos, quijotesco de espíritu, humorístico en serio». (pág. 249).




