En mi casa, la palabra nunca se ha dado por sentada. Ha sido un puente construido por quienes hemos decidido rescatar voces del silencio. Quizás por eso mi clase no es un proceso de fabricación en serie, sino un taller de orfebrería, donde la convivencia funde materiales distintos para crear algo que ninguno de nosotros podría ser por separado.

La diversidad es, en los colegios de la Compañía es una "gran lección de teología" cada mañana. Es aprender a leer la caligrafía de Dios en renglones torcidos, con universos preciosos atrapados en su dificultad, como el de Christy Brown en “Mi pie izquierdo". Mi aula es un pedacito del Reino. Uno que sabe esperar al que lleva su propio ritmo; otro que traduce al que no entiende; el de más allá, atreviéndose a volar más lejos de lo que el currículo le marca; y todos ellos recordándome que no estoy aquí para cumplir programas, sino para despertar el alma.

En un lugar, la discapacidad no es una barrera, sino un imán de ternura. Me asombra ver cómo los niños han convertido el apoyo al compañero en un rito de corresponsabilidad, no de lástima. Estos niños han entendido que su suerte, va ligada a la del otro. Pero también hay un silencio que atruena, el del que llega al saber como un extranjero sin diccionario; o la brillantez de quien se siente náufrago por no encajar en el molde.

A veces aparece Juan Salvador Gaviota volando a ras de suelo, golpeándose porque aún no sabe que su fuerza es su mayor virtud. Mi aula, es el lugar donde la atención no es solo una capacidad, sino la disposición del corazón para escuchar lo que el otro no sabe decir. Por eso en mi casa la palabra, no se da por sentada.

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