Los encuentros de Francisco con los jóvenes quedaron marcados por la alegría, la fraternidad y la invitación valiente. Muchas de sus palabras quedarán en la memoria de los -por entonces- jóvenes como un acercamiento valiente al Evangelio en su plenitud. Con una nota distintiva: Francisco subrayó el presente, el acontecimiento actual, la novedad aquí y ahora, su vitalidad e impulso sin esperar a un futuro indefinido. Así lo recuerda en Christus Vivit, nacida de la Asamblea sobre los jóvenes en la que los mismos jóvenes también estuvieron activos: “¡Los jóvenes no son el futuro, sino el ahora de Dios!” (178).
En un mundo de instrumentalización permanente y de conquistas ideológicas, Francisco quiso abrir espacios en la Iglesia para que los jóvenes, por ellos mismos y siendo como son, entablen relación original con Dios y creen comunidad. La Iglesia necesita su dinamismo y generosidad para ser Iglesia, no para usarlos para otros fines.La Iglesia desea y quiere, en palabras de Francisco, que sean protagonistas, que hagan lío, que se involucren y tengan voz propia, que asuman responsabilidades y riesgos, que crezcan y se desarrollen en la cercanía del Señor Jesús. No son ajenos a nada en la vida y misión de la Iglesia. Portan dones singulares y únicos, imprescindibles para que el Evangelio resuene y sea anunciado en una cultura radicalmente nueva.
No es una salida de la Iglesia hacia los jóvenes, sino su rejuvenecimiento. La juventud es un tiempo del corazón marcado por la esperanza y la apertura a grandes ideales y cambios, entusiasmados con la libertad, la fraternidad, el dinamismo. Por lo tanto, queda también para los no-tan-jóvenes la necesidad de renovar estructuras, lenguajes y caminos para seguir avanzando juntos hacia el Reino.



