Cada día, miles de jóvenes alzan la voz para reclamar algo tan básico como un futuro digno. No es difícil entender la frustración: la precariedad, la dificultad para acceder a una vivienda y la incertidumbre hacen que el mañana parezca cada vez más complicado. Puede que haya motivos para indignarse. Y también para salir a la calle.

Pero ¿qué ocurre cuando una protesta termina en violencia? ¿Qué queda de una reivindicación justa cuando el grito de quienes piden un futuro se mezcla con el ruido de los cristales rotos y los coches ardiendo?

La indignación puede ser el comienzo del cambio, pero no todo lo que nace de ella contribuye a construirlo. Justificar la violencia en nombre de una causa justa es caer en la trampa de pensar que el fin justifica los medios. Y, mientras creemos estar combatiendo un sistema injusto, podemos terminar perjudicando a quienes tenemos más cerca: al pequeño comerciante, al vecino, a la familia que también lucha cada día por salir adelante. No podemos reclamar una sociedad más justa destruyendo los espacios que compartimos.

Construir un futuro mejor exige tiempo, dedicación y mucho compromiso por parte de todos. Destruirlo, en cambio, puede llevar apenas unos segundos.

El reto de nuestra generación no es dejar de indignarse, sino aprender a transformar esa indignación en esperanza activa. Necesitamos una voz inconformista, valiente y comprometida, capaz de denunciar las injusticias sin reproducirlas.

Porque el futuro que merecemos no se construye dejando a otros entre las ruinas, sino haciendo sitio para que todos podamos vivir con dignidad.

PastoralSJ
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