En inglés se utiliza la expresión “hay un elefante en la sala” para referirse a aquellas situaciones en que hay una realidad evidente a la vista de todos, que necesita ser abordada, pero de la que nadie se atreve a hablar.

Sin duda la homosexualidad en la Iglesia es, muchas veces, un elefante en la sala. Creo que no es exagerado decir que muchas personas homosexuales, cuando han preguntado qué proyecto de vida se les propone en la Iglesia, o cómo vivir con realismo y esperanza aquello que se les ha propuesto, no han recibido mucho más que silencio (y a veces, cosas peores). Como es un tema delicado, preferimos no hablar de esta realidad. Pero uno de los problemas de silenciar los hechos es que puede terminar silenciando a las personas, y en último término, excluyéndolas.

La sociedad actual, por otra parte, tiende a asumir que, para evitar la exclusión, hay que eliminar toda sombra de normatividad. Por ello, muchos pretenden silenciar el hecho de que la reproducción humana se da en una unión heterosexual, y que muchas estructuras de la sociedad lo reflejan porque durante siglos su continuidad se ha basado en ello.

Aquí yo veo, al menos, dos extremos. Hay quienes rechazan dar voz a las personas homosexuales, quizás porque temen que esto conlleve cuestionar las normas y las tradiciones, que ello haga caer como fichas de dominó la confianza en las verdades de la religión, y conduzca a la degeneración moral en todos los ámbitos. Otros intentan silenciar el tema de la reproducción, porque explicitarlo equivaldría a fomentar el odio a las personas homosexuales, y eso conllevaría inevitablemente marginación y agresiones, y últimamente un ordenamiento fascista de la sociedad. En uno y otro caso, hay quienes gritan y señalan a quien habla distinto, hasta que sólo se pueda hablar como ellos en la sala, o no se pueda hablar.

Creo, sin embargo, que lo que más daño nos hace en realidad es esa dinámica polarizada en la que no somos capaces de escuchar distintas voces en una misma sala. Hay temas que son muy complejos de hablar. Pero quizás, si aprendemos a nombrar el elefante en la sala, descubramos (Dios sabe cómo) que en la sala aún se puede encontrar sitio para todos, conservando lo verdaderamente importante, para bien de todos.

PastoralSJ
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