¡Qué gran regalo! Pensar que este tiempo de Cuaresma es un tiempo privilegiado para volver a conectar con esa esencia de nuestra vida: hacer camino hacia la Pascua. Piénsalo bien. Tanto anhelo y la Iglesia te propone cuarenta días para ti y para Dios. Para trabajar-te por dentro y por fuera. Hay una cosa especial que suele pasar casi desapercibida en este mundo en el que vivimos. Conviene preguntarse, ¿cuándo doy, desde dónde lo hago? Si, cuando brota de mí la generosidad y el compartir, nace de un corazón que desea ayudar o dar aquello que ha recibido gratis. Quizás muchas veces salga por sí, porque lo ves o lo hueles, otras porque te buscas o quieres esa gratificación del reconocimiento.

En este tiempo de Cuaresma, podemos volver a Jesús y percibir cuáles son sus motivaciones cuando da. Me parece precioso ese encuentro con la multitud necesitada, “como ovejas sin pastor” (Mc 6). Esa gente que no tiene con quién compartir la vida, sin guía, sin pastor que le lleve con ternura por cañadas y cumbres… ¿cómo les mira? Su acción nace de la compasión, que no es sentir tristeza y pena, sino desde la capacidad de conmoverse en las entrañas para hacer algo por ellos. La compasión es puro ejercicio del amor. Quizás esta Cuaresma en vez de mirar con juicio y crítica, podemos mirar con el deseo de corazón de generar vida alrededor de nosotros, en quién más lo necesita. Ser capaces de ir practicando la ternura pascual, la que es capaz de dar vida y vida en abundancia.

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