“¿Por qué te llamas Rocío? Tu nombre que bien me suena; me suena a gloria bendita y a cante por las arenas”. Pentecostés. Estamos en el mes de María y muchos hemos aprendido qué es Pentecostés gracias a Ella, a María bajo cualquier advocación. Rocío, mayo, camino, arena. Uno necesita recordar a qué suena la gloria bendita, como dice la sevillana.
Tendemos a pensar que la “gloria” es algo reservado para las ermitas iluminadas o para el final del camino, pero, en un martes cualquiera a las once de la mañana, la gloria bendita tiene sonidos mucho más mundanos. Suena al primer sorbo de un café después de varias clases seguidas; suena al tintineo de un vermut al sol; y suena, sobre todo, a la humanidad que nos salva: a ese compañero que te quita trabajo cuando te ve desbordado o a ese anciano que, sin venir a cuento, te echa una media sonrisa en la fila del mercado.
Que bien me suena tu nombre, Madre. Me suena a un pentecostés de mil lenguas, con vocación de paz; me suena a un pentecostés de Gracia, ese fuego lento que te mantiene vivo cuando las fuerzas flaquean. Porque a veces se me olvida que, para llegar a María, hay que atravesar las arenas. Y en la vida, las arenas tienen nombres humildes: prisa, incertidumbre, dudas, enfermedad, cansancio o rutina. Esa rutina que se mete en los ojos como el polvo del camino, impidiendo ver el paisaje.
Pero entonces ocurre, alguien salta nuestra reja. Es el Espíritu saltando las vallas del egoísmo Un gesto de perdón, una palabra de aliento. Pentecostés es aprender que Rocío es hoy, es entender que es una forma de caminar.
Foto: A. Pérez - Europa Press
