Tres horas esperando de pie en una bulla infernal a pleno sol. A lo que sumamos la hora de camino, una ridiculez, comparada a la odisea de otros. Y la angustia de ver que el grupo se disgrega, que los menores “se pierden” de sus acompañantes en una entrada que está más que desbordaba.
Confieso que soy de las que no entiende cuando veo multitudes con esperas eternas para ver un concierto. De las que se cuestiona la locura de los hinchas siguiendo a su equipo. Pero ahí estaba yo. Con una de las tantas camisetas que se han hecho para estos días, QR en mano, tratando de no ser aplastada, ni empujar yo en esos momentos de tensión que sacan lo peor de cada uno (que sí, también se ha visto).
Todo esto para ver al papa. ¿Para ver al papa? Cierto es que ese señor vestido de blanco ha convocado esta visita. Pero creo que, lo que nos mueve no era él. Sino a quien nos señala, hacia quien alzamos la mirada, y nos lleva abajo, enseñándonos a hacernos pan que se parte y comparte. Como nos decía el mismo papa en la homilía: “la Fe nos enseña a arrodillarnos ante Dios y ante el prójimo, porque nadie puede arrodillarse ante el Señor y despreciar al hermano”.
Sí, he sido una de esas grupis emocionadas al paso del papa móvil hacia la misa en Cibeles. Saludando entre la multitud, respondiendo a los “viva” en la vigilia. Y coreando en el Bernabéu un “Leooooón, Leooooón”. Pero el balance es otro, el de todos esos rostros que también estaban ahí. Los policías, bomberos, voluntarios, peregrinos… todos los que, declarándonos o no creyentes, experimentamos una Presencia mayor a una presencia concreta.
“Todo es nuevo con su luz”. Gracias papa León por re-cordarnos que Él está en medio de nosotros.
