Hace unos días que vi La Película (de la que ya no hace falta decir el título para saber de cuál se está hablando) y me quedé, como tantos otros, anclado al asiento. Han sido muchas las interpretaciones desde entonces (confieso que no dejo de pensar en ella), pero una idea que me sigue resonando es el porqué del título.
Sí, está claro que La bola negra se refiere a aquello que todos llevamos dentro (cada cual lo suyo) que no nos dejen “formar parte del club”. Está la opción de negar la mayor, pasar por el aro y coger esa bola blanca tan ansiada: ser uno más, ser aceptado. ¿Qué hacer, entonces? El propio Carlos, en Granada en 1932, protagoniza una escena que puede pasar desapercibida por lo frenético del momento: en un momento, tan hipnotizante como apasionado, el joven baila con varias mujeres y es ahí donde recibe una bola blanca. Él, siendo este su único momento de liberación, aparta esa bola blanca para bailar, en este caso, con un hombre. Dejando los spoilers a un lado, la metáfora parece clara: no negar quién eres para poder vivir en paz, libre, contigo mismo.
Otra historia es la de 1937, en plena Guerra Civil. Muchos espectadores (o precisamente aquellos que se niegan a verla) hablarán de bandos, de ideologización, de fronteras. A mí me gusta pensar que la película es precisamente lo contrario: Guitarrica, como lo llaman sus mayores fans (culpable), y Bernardeau, siendo enemigos sobre papel, obligados a odiarse (“tú eres de estos, él de los otros”), cuando, en realidad, son mucho más que eso. Los dos tienen una bola negra por la que todos los demás dejarían de lado sus banderas bi o tri color para acabar con ellos sin miramientos, salvando a algún misericorde italiano (de estos), o a una fantástica Penélope cupletista (de los otros). Eso hace que tengan una afinidad, una empatía e incluso un cariño difícil de entender en esa época de horror y división.
Creo que eso es lo que también ocurre a tantos católicos que se sienten rechazados por uno u otro motivo, dentro de una Iglesia donde parece que alguien destacaría con su negrura entre tanta bola blanca. Y sólo cuando nos atrevemos a mirar al hermano, más allá de etiquetas, banderas o ideologías; cuando lo acariciamos con la ternura de Sebastián a Rafael, con miedo, pero con apoyo y consuelo, solo entonces entenderemos que esta gran Casa no está formada por resplandecientes bolas de inmaculado marfil blanco, sino por miles de imperfectas bolas negras que solo quieren sentirse acogidas.
Y nos corresponde a todos los católicos abrir las puertas a todas esas debilidades para que, en palabras del nostálgico Lorca de los Javis, “los chiquitos del futuro no tengan que vivircomo tú y como yo”.
“Mira que nos acechan todavía”.
