Ocurrió en Washington D. C. en 1999, mientras estudiaba en la universidad con una beca de fútbol. Una tarde, de camino a casa, vi en una plaza a un hombre afroamericano, alto y atlético. Iba casi desnudo, buscando colillas en el suelo para fumar. Parecía un mendigo más de la capital, pero no reflejaba tristeza ni abatimiento. Movido por la compasión, me acerqué. Él me sonrió y se presentó: se llamaba Pete.
Nos sentamos en un banco y empezamos a conversar.
Pete era veterano de Vietnam; se había alistado en la infantería con apenas 22 años. Me confesó que el miedo a la selva, al Vietcong, a las serpientes y a las enfermedades era tan atroz que el consumo de estupefacientes se convirtió en la única vía para entrar en combate. Tras dos años allí, regresó a Estados Unidos convertido en un completo drogodependiente, sobreviviendo apenas con una mísera pensión federal.
Buscando confortarlo, le hablé de Jesús de Nazaret. Su rostro se iluminó. Con una sonrisa, sacó de su mochila un Nuevo Testamento gastado por el uso y me dijo: «Todos los días le dedico unos minutos. ¡Es lo que me mantiene con vida!». Me emocioné profundamente.
Compartimos muchas tardes en ese banco. Pete jamás culpó a nadie ni habló mal de nadie. Aceptaba su destino con la certeza de que Dios lo protegía a su manera. Lo había juzgado de antemano como un loco, un Juan Bautista cualquiera y terminó dándome una lección inolvidable de humildad, resiliencia y fortaleza interior.
No supe más de Pete y probablemente ya no esté en este mundo, pero siempre le recordaré. Fue un soldado herido, pero no abatido…El Maestro no le abandonó solo en combate…como tampoco lo hace con tantos y tantos hermanos y hermanas de nuestro mundo, cuya fe callada sigue alumbrando los rincones más oscuros de la Tierra."
