Levantarse o quedarse agachado. Andar o permanecer quieto. Actuar o dejar pasar. A
veces parece que las grandes decisiones de la humanidad se juegan en gestos mucho
más sencillos de lo que imaginamos: elegir hacia dónde mirar y decidir si damos un
paso.
La pregunta «¿A dónde vamos?» no es únicamente una pregunta sobre el futuro. Es
también una pregunta sobre el presente: ¿qué camino estamos construyendo con
nuestras decisiones, nuestros silencios y nuestras prioridades? Nuestra casa común
afronta amenazas que ya no pertenecen al terreno de las hipótesis lejanas. El deterioro
de los ecosistemas, el cambio climático, la pérdida de biodiversidad, la contaminación y
el agotamiento de determinados recursos comprometen las condiciones de vida de
millones de personas y afectan de manera especial a quienes disponen de menos medios
para protegerse.
Hay algo incómodo en reconocerlo: una parte importante de estas amenazas tiene origen
humano. Pero precisamente ahí aparece también una posibilidad, una esperanza de
reconciliación. Si nuestras decisiones han contribuido a deteriorar la casa común,
nuestras decisiones pueden contribuir a cuidarla y restaurarla. La responsabilidad es
nuestra y, por tanto, también nuestra es la capacidad de responder.
Tomar partido no significa tener todas las respuestas ni actuar desde la confrontación.
Significa negarse a confundir la prudencia con la pasividad. Significa discernir, dónde
se juega hoy la vida, quiénes están siendo más afectados y qué podemos hacer, personal
y comunitariamente, para poner nuestras capacidades al servicio del bien común.
Quizá la pregunta decisiva no sea solamente «¿a dónde vamos?», sino «¿hacia dónde
queremos caminar juntos?». Porque quedarse quietos también nos lleva a algún lugar. Y
el futuro de la casa común dependerá, en buena medida, de los pasos que
decidamos dar hoy.
