Una mañana, en clase de Psicología, hablábamos sobre la importancia de la motivación
para comprender y modificar nuestra conducta. La motivación es esa fuerza que nos
impulsa a actuar, a perseguir una meta, a afrontar dificultades y, sobre todo, a no
rendirnos cuando el camino se hace cuesta arriba. Un alumno motivado no es aquel que
nunca encuentra obstáculos, sino aquel que descubre razones para seguir avanzando a
pesar de ellos.
Esta reflexión me llevó directamente al lema de nuestros colegios jesuitas: «Levántate
y anda: reconciliados por Dios en un mundo herido». Hay en estas palabras una
profunda invitación a la acción y a la esperanza. «Levántate y camina» significa no
permanecer inmóviles ante las dificultades, confiar en nuestras capacidades y descubrir
que siempre podemos dar un paso más.
En nuestros alumnos queremos despertar precisamente esa motivación: la capacidad de
superarse, de aprender de los errores, de afrontar los fracasos y de transformar las
dificultades en oportunidades de crecimiento. Educar no consiste únicamente en
transmitir conocimientos, sino también en ayudar a cada joven a encontrar un sentido,
unas metas y las razones que le impulsen a avanzar.
Y ahí aparece la dimensión de la reconciliación. Nuestros jóvenes están llamados a
crecer no solo individualmente, sino también a comprometerse con un mundo herido,
aportando sus talentos para construir una sociedad más justa, humana y solidaria.
Levantarse, caminar, superarse y reconciliar: cuatro verbos que expresan una misma
actitud vital. Porque cuando encontramos una motivación profunda, descubrimos
que siempre hay un camino por recorrer y una posibilidad de transformar el
mundo, y cuando lo hacemos todo se vuelve más hermoso, noble y bello.
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