Al comenzar cada jornada, al mirar a mis alumnos y escuchar sus historias, intento crear entornos positivos, porque la persona solo aprende de verdad cuando se siente acogida. Allí donde hay confianza, la mente se abre; donde hay cuidado, la vida se ensancha. No todo crecimiento nace del esfuerzo; sino también del saberse acompañado.

Bea y Rodri, cada mañana, invitan a sus alumnos a que entren en su propio interior y escuchen lo que se mueve en lo profundo del corazón. Desde la espiritualidad ignaciana, sabemos que la afectividad es un lugar privilegiado de encuentro con Dios. Las emociones hablan, orientan, revelan deseos. Educar es ayudar a hacer silencio, a poner nombre a lo que se siente y a discernir qué conduce a mayor libertad y vida.

Los climas humanos que necesitamos no aparecen sin más. Se construyen lentamente, a través de gestos sencillos que generan consolación o, a veces sin darnos cuenta, desolación. Todos los días, se nos regala la oportunidad de revisar nuestras palabras, nuestras miradas y nuestras ausencias. El cuidado del otro, la compasión y el servicio se convierten entonces en caminos concretos de seguimiento de Jesús.

El Evangelio nos recuerda que cada persona es mirada y llamada por su nombre. San Ignacio nos invita a reconocer los dones recibidos y a preguntarnos, en oración, cómo ponerlos al servicio de los demás. Educar el corazón es dejarse transformar, elegir lo que más conduce al amor y caminar juntos hacia una vida más plena y reconciliada.

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